Una broma:Dos cazadores de New Jersey van por el bosque cuando de pronto uno de ellos cae a tierra. El que cae no parece estar respirando y sus ojos han quedado en blanco. El otro cazador toma su teléfono celular y llama al servicio de emergencia. Ansioso le grita al operador: “¡Mi amigo está muerto! ¿Qué puedo hacer?” El operador le responde: “Vamos con calma. Le voy a ayudar. Primero necesitamos estar seguros de que él está muerto”. Después de un silencio se escucha un disparo. El cazador que habló por teléfono toma el celular y dice: “Muy bien ¿Qué sigue?”.

La broma ilustra la noción de incongruencia controlada. El escucha o lector está esperando x y obtiene y. En la broma anterior hay dos posibles opciones para interpretar las instrucciones del operador del servicio de emergencia -por ejemplo verificar el pulso del cazador caído o dispararle. El contexto sienta las bases para que lo esperado sea la verificación de algún signo vital, pero el humor negro llega cuando se toma la vía menos esperada. Por supuesto que la incongruencia tiene límites al hacer algo sin sentido y no toda incongruencia será divertida.

Si bien la broma de los cazadores puede provocarnos risa, para el neurocientífico Provine, de la Universidad de Maryland, la risa y el humor sólo tienen conexiones ocasionales.

En la Revista The Brain de Discover, en su número de Primavera 2007, aparece una entrevista al profesor Provine. Él afirma que la risa es algo más que el humor y está más relacionada con las interacciones sociales. De acuerdo a sus estudios, la gente está 30 veces más propensa a reír si está con otra persona que si está sola (sin considerar ambientes sociales simulados como las risas grabadas para programas de televisión).

Un ejemplo es: la gente raramente ríe cuando lee un pasaje divertido de un libro, pero sí lo hace con facilidad cuando recibe un cumplido acompañado de una risa amigable.

Los límites de nuestro control voluntario de la risa han sido claramente estudiados en personas que han sufrido parálisis faciales centrales, que impide mover voluntariamente algún lado de la cara. Cuando a una persona con este padecimiento se le pide que ría o sonría, ella produce una mueca en donde la mitad de los labios sonríen y la otra mita permanece con parálisis. Pero si se le cuenta una broma que la haga reír o se le hace cosquillas la sonrisa emerge en todo el rostro. Hay evidencia que el mecanismo físico de la risa está en el cerebro basal, lugar en donde reposan las funciones más básicas de nuestro organismo y bastante distante de las zonas encargadas de comprender el humor.

Quizá seamos la única especie del planeta que reímos juntos en grandes grupos, pero nuestra apetito por la risa no es único. Los chimpancés también ríen. Si bien ellos lo hacen de manera diferente y su risa más bien parece un jadeo. De acuerdo con el investigador Roger Fouts, la risa de los chimpancés ocurre en la inhalación y la exhalación, mientras que la nuestras ocurre cuando exhalamos. Provine ha observado que los chimpancés tienen una propensión a la risa similar a la nuestra y también son afectos a las cosquillas.

La incongruencia del humor y las cosquillas comparten un elemento en común: la sorpresa. Las cosquillas explotan la conciencia del sistema sensoriomotor en la diferencia entre uno y los otros. Si el sistema ordena a la mano moverse, entonces no se registra sorpresa cuando el nervio es tocado, pero si el tocar está siendo generado por otro sistema sensoriomotor entonces habrá sorpresa.

Lo anterior es interesante pues un nivel de risa bastante rudimentario está subordinado a la acción de otros. La risa puede ser el cimiento de las conexiones entre padres e hijos y fundamentar la vida social cuando somos adultos. Jugar es lo que hacen los mamíferos jóvenes; tocar y ser tocado en este juego es muy importante. La risa de jóvenes humanos y chimpancés es la expresión del placer al jugar.

Nuestros cuerpos, con la risa, responden a conexiones sociales. Las risas contagiosas tienden puentes. Después de todo, somos seres sociales.

Más información: Johnson, S. (Spring, 2007). Laughter. The Brain. An Owner’s Manual. 58 – 61.

[Originalmente escrito para Creatividad y Ciencias Cognitivas, el 13 de julio de 2007]

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